ANICETO ACTO VI

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Las mañanas en cortijo Nuevo empiezan con el graznido de los grajos que despiertan de las cañas,cuando el sol resbala por la cumbre nevada del Veleta.

Hoy toca roturar las toscas tierras cerca de las termas de Malaha .Andaban en barbecho pero tras un lustro sin ser encintas ,el amo ha dispuesto volver a preñarlas de grano .

El filo de herrumbre del arado ,deja a su paso heridas de olor a tierra húmeda y entre sus surcos serpentean las colas de lombrices que cimbrean como el rabo de una lagartija.

El día que nació Aniceto en la víspera del solsticio de verano su madre con el puño amenazando a los cielos juro que su hijo no seria un gañan , pero la esperanza ciega ,lleva las ilusiones por caminos oscuros que terminan como las palabras, por no llegar a ninguna sitio . Castigo del dios de la tierra , el dejar a un hijo tirando de un arado a la par de las bestias.

Las hendiduras que se abren en carne viva de arcilla ,resplandecen color sangre al sol de medio día .La finca del señorico a la hora que las sombras están escondidas, presentan ese aspecto de mosaico de jardín versallesco ,donde es fácil perderse en el laberinto de surcos y arroyos ,y Aniceto es un animal como los bueyes que tiran del arado .A cada gota de sudor maldice a los cielos divinos de sufrir su destino ,obstinado por el absurdo y por embeber el mismo olor del sudor de sus compañeros cornudos.

Con la cera que las velas derriten cada noche las lecturas de Aniceto , le hacen soñar con poder volar por encima de esos arados y surcos que parecen mirar con desprecio los cernícalos que se quedan suspendidos en lo alto del cielo .

La linde la marca un almendro retorcido en el filo del barranco que baja salpicado de espartos y tomillos . Cuando Aniceto llega ,le acaricia una suave brisa y ve al fondo, el arroyo Salado como una serpiente de plata que se esconde por entre los tarajes y repta por las cárcavas ,buscando sediento lamer las aguas dulces del Genil.

Terminado su trabajo ,Aniceto vuelve contento al cortijo ,porque el regreso es el momento en el que se siente aliviado y es libre . Como el dice el crepúsculo es un lapsus que parece detener el tiempo pues ni es día ni es noche y no pertenece al amo ,sino a su sobrecogimiento ,donde se reconoce como hombre y donde encuentra un sentido .

 

FRANCISCO MANUEL CORTES FERNANDEZ

foto del Arroyo Salado (La Malaha – Santa Fe)

ANICETO ACTO V

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Baila el fuego bajo la sartén de gachas ,acariciando los bordes con sus abrazos. La cocina de un campesino es como un bodegón donde cuelga la tristeza de las cebollas y donde la vida condimentada con ajos deja un mal sabor de boca.

Aniceto observa la danza hipnótica de la candela que chispea rompiendo el absorto de sus pensamientos . Cuanto tiene que trabajar ,para pagar la penitencia de haber nacido pobre y ,que sentido tiene su existencia sino alcanza a disponer de mas albedrio , que el que tiene una paloma.

El abrazo de las llamas hace burbujear el guiso y al crujir del carbón se une el acompasado sonido de las burbujas. Se siente absurdo, porque todos los días sube al cortijo para arrastrar la pesada losa del deber, y cuando regresa, vuelve sin nada ,salvo la obligación de comenzar al día siguiente una nueva tarea .Una vida de trabajo , sin mas resultado que acumular miseria .

El calor es bueno para aliviar la doblez de su espalda, y acerca su lomo a la fogata . Las caricias de la calidez de las brasas le relajan , y le proyecta la sombra de un alma que vive en la umbría de la felicidad ,en una cocina que es como un cueva tétrica de paredes marchitas de hollín .

El hombre busca sentido para sentir arraigo y Aniceto lo encuentra en cada amanecer ,cuando los ojos alcanzan a ser atravesados por la vespertina luz del sol y cambia de aires enrarecidos de la cavernaria cocina ,por la fresca brisa que le brinda cada nuevo día , que deja abierta una puerta a la esperanza y rompe la monotonía que le sumerge la soledad.

Francisco Manuel Cortes Fernandez

foto de Joaquin Salvatierra Ramos